Crónica de otro incendio anunciado

Francisco Castañares Morales, Presidente de la Asociación Extremeña de Empresas Forestales y del Medio Ambiente (AEEFOR).

«Cuando el sabio señala la luna, el necio mira al dedo» (Confucio). Aún humean los troncos de los árboles. Otra vez miles de hectáreas convertidas en ceniza. De nuevo abrimos telediarios y ocupamos portada en todos los periódicos. El bosque tiene la rara habilidad de llamar la atención solo cuando se quema y con frecuencia ignoramos que el fuego es, precisamente, la respuesta del monte al olvido.

Siguiendo el guión establecido, ahora buscamos un culpable, la mano asesina que apretó el gatillo del encendedor. Y, de nuevo, el guion nos conduce por caminos equivocados que, de seguirlos, nunca nos llevaran a resolver el problema.

Lo de menos es saber quién prendió la llama. Pudo ser cualquiera. Incluso pudo no ser nadie. El origen del incendio no está en la chispa que lo prendió, está en las manos irresponsables que dejaron la mecha lista para que el monte ardiera. Y esos sí sabemos quiénes son. Tienen cara, nombre y apellidos y son conocidos.

Lo malo es que esta vez ardieron 7.000 hectáreas de bosque y, con ellas, casas, huertos y ganado, que son el medio de vida de tanta gente. Pero lo peor es que todos sabemos que volverá a ocurrir aquí al lado, quizá en otra parte, este mismo verano. O tal vez el próximo. Pero volverá a ocurrir.

Esta es la crónica de un incendio anunciado. Lo hemos dicho en público, en privado, incluso a sus señorías, en la propia sede de la soberanía popular extremeña: si el monte no recibe puntualmente las actuaciones necesarias para la prevención de incendios, se quemará tarde o temprano. No pueden alegar desconocimiento. Lo saben. Lo sabían y dejaron las cosas como estaban, conscientes de que ocurriría.

Buscar al presunto autor de la chispa es mirar al dedo cuando estamos señalando la luna. Los verdaderos responsables no están entre la gente, están entre los dirigentes. Lo de menos es quien prendió la chispa. Lo grave es que el monte estuviera dispuesto para arder de la manera que ardió en la Sierra de Gata. Y de eso han sido responsables quienes acaban de salir del gobierno y lo serán los que acaban de entrar, si no abordan los cambios necesarios. Un día será un loco suelto, mechero en mano. O el rayo de una tormenta, el tubo de escape de un vehículo, la máquina de un viejo tren, un cristal que hace de lupa o una colilla mal apagada. Qué más da.

Las repoblaciones de los años 60 y 70 del pasado siglo arden como gasolina cuando llega el verano. Eliminaron en grandes superficies las especies autóctonas, que eran resistentes al fuego. Los robles, alcornoques, encinas, castaños y madroños que antaño cubrían las laderas de la Sierra de Gata fueron sustituidos por pinos. Y a ese enorme error ambiental, sumaron otro aun peor: planificaron las repoblaciones sobre la base de grandes superficies continuas de pinar. Es decir, diseñaron el escenario perfecto para que hubiera grandes incendios.

Los montes antiguos, habitados, cultivados, pastoreados y aprovechados por la gente, resistían perfectamente el fuego. El equilibrio era potente, real y los fuegos del verano apenas quemaban un puñado de hectáreas. Es más, muchas veces se usó el fuego como práctica cultural, para abrir espacios al monte y hacerlos aptos para el cultivo y el pastoreo. La Sierra era un paraíso que no temía al fuego, que convivía con él y lo usaba para mejorar su aspecto, su diversidad biológica y su productividad.

Pero una administración forestal autárquica, sin respeto alguno por el medio, echó a la gente para que crecieran los pinos. Y el campo se abandonó, desaparecieron los cultivos y el ganado, propiciando un incremento brutal del combustible forestal. Y llegaron los incendios.

Después llegó la contaminación del planeta y con ella el calentamiento global. Y nos trajeron los grandes incendios, cada vez más grandes, más terroríficos, más difíciles de parar.

El abandono de los montes exige de las administraciones publicas un esfuerzo muchísimo mayor si se quiere evitar que acaben siendo pasto de las llamas. Tenemos que hacer lo que hacían los antiguos habitantes de aquellos espacios forestales. Y, como la gente ya no va a volver al monte, tenemos que hacerlo de una manera programada.

Hay que abrir espacios en el monte, eliminando pinos y facilitando la regeneración natural del bosque autóctono que, en muchas zonas, aún se manifiesta latente bajo el pinar. Y cada año, en esos espacios abiertos al actual bosque de pinos, hay que eliminar, mediante arado, desbroce y otras técnicas de silvicultura preventiva, el exceso de combustible formado por pastos y matorral, que sirven para alimentar la voracidad del fuego. La vegetación aquí, formada por especies forestales autóctonas resistentes al fuego, estará adehesada para impedir la propagación del fuego de copas y, cada primavera, roturaremos la tierra para eliminar el pastizal, evitando así la propagación del fuego de suelo.

En definitiva, se trata de hacer, de manera planificada y ordenada, lo que de forma natural hacían antes los habitantes de la Sierra. Las inversiones necesarias pueden perfectamente sufragarse mediante la comercialización de los productos que se extraigan del bosque, principalmente madera y biomasa.

Estaríamos hablando de una inversión anual próxima a los 100 millones de euros en toda la región, pero que dispondría de un retorno cercano al 12% de la inversión, siendo la misma suficientemente rentable para abordarla. Y, lo que es aún mejor, se crearían y mantendrían de manera sostenible, alrededor de 16.000 puestos de trabajo estables y de calidad.

Entonces, los grandes incendios empezarán a ser historia.

Es necesario que el cambio llegue a la política y la gestión forestal y que se extiendan también, de manera urgente, a la lucha contra incendios forestales. Nos estamos jugando el futuro de nuestros montes, de nuestro medio rural, de nuestro turismo de interior y de naturaleza, que es tanto como decir que nos estamos jugando el futuro. Entretanto, si quieren, podemos seguir mirando al dedo.

 

Fuente: Hoy.es

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